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Historias de vida

Blanca Ibarlucía
Hoy a los 80 años de vida extrauterina y 9 meses dentro de la panza de mi vieja, sigo con el "mate lleno de felices ilusiones".

Pero todo no está como era entonces; muchos de los sueños y delirios de mi juventud son hoy realidades. En parte debido a las acciones de mujeres soñadoras que roturamos, fertilizamos y sembramos la tierra, la Pachamama, abriendo caminos que ayudaran a transformar las relaciones inequitativas entre las mujeres y los varones.

Cuento algo de mi historia, semejante a la de muchas otras mujeres invisibilizadas que sostenemos la trama de la vida, con la intención de que sea un aporte a la reflexión sobre lo posible, sobre los obstáculos internos y externos, sobre lo que permanece, lo que cambia y lo que parece cambiar para que nada cambie.

Nací en una familia de clase media porteña, acomodada, conformada por mayoría de varones. Mi viejo era un militante de izquierda, fundador de la juventud del partido socialista; proveedor responsable, padre atento y generoso, amaba a su mujer, cosa que no obstaculizó que tuviera permanentes relaciones paralelas, mientras que mi vieja era una fiel esposa, pendiente de los deseos de su marido, obediente de sus mandatos, que incluían ser una madre sacrificada, reina del hogar, señora de su casa.

En ese ambiente, mi padre, en la mesa cotidiana, mientras departía con mis hermanos, decía mirándonos a mi madre y a mi: "A uds. no les hablo, porque son mujeres y no entienden". Tanto lo repetía que yo realmente fui creciendo sin entender, sin entender, entre muchas otras cosas, por qué mis hermanos podían salir solos, mientras que yo sólo lo podía hacer acompañada por ellos, quienes celosamente cuidaban de "mi virtud, pureza y virginidad".


Tampoco entendía por qué mi viejo ordenaba, golpeaba la mesa y mi vieja (¡tan inteligente, tan interesada por todo!) hacía lo que él disponía, siempre calladita, siempre sumisa; esa sumisión aguantada, transformada en llanto contenido y en obesidad incontenida como forma de agresión.


Así se fue conformando mi vida, con esos parámetros que incluían que una mujercita debía ser educada -tal como mi madre- para ser obediente, leal esposa, abnegada madre, cuidadosa ama de casa; estar al servicio de su amo-esposo en todos los aspectos; de sexo, por supuesto, ni hablar, las "buenas mujeres" éramos o debíamos ser asexuadas, para el sexo (placer) estaban las "otras", las "malas", "las mujeres de la vida", "las de la vida fácil".


De ese modo llegué a la adolescencia y a la elección de carrera. Nuevamente el "no". Una mujercita educada en ese modelo no podía estudiar medicina, que era lo que yo pretendía, esa era carrera para varones; una mujercita debía pensar en su hogar, en su marido, en sus hijos, por lo tanto a lo más que podía aspirar para ser culta y ayudar un poquito a mi marido, era ser docente. Yo, que era buenita y obediente, estudié y ejercí la docencia. Todavía no me había dado cuenta que yo tenía pasta de rebelde.


Me casé adolescente, virgen e impoluta con el joven elegido y sacramentado por mis viejos. Así me fue. (Este item amerita un relato aparte).


Pero aparece Evita y con ella el punto de inflexión, Eva, la Mujer, recoge las inquietudes de gran parte de las mujeres y las legitima; enciende la llama del deseo reprimido, nos encamina, organiza y dirige para adueñarnos del poder real, de lo vedado a la mujeres como género.

Tan fuerte fue el despertar, que junto con la militancia política, se me abrió el sendero de la libertad personal y me divorcié, haciéndome, "naturalmente", cargo de mis hijos. Claro que eso no fue fácil en los años 40. Por ambas cosas, fui execrada por mi familia, expulsada como hija, negada como amiga. El “gorilaje extrañao” me miraba sin comprender. Mis "honradas amigas" vinieron "en comisión" a mi casa a establecer con claridad que yo ya no era digna de pertenecer a su clase, y sin disimulos ponían en mi conocimiento el consenso al que habían llegado: yo era una prostituta a quien no querían ver nunca más.

Un poquito lloré la pérdida, no demasiado, ya había elegido y estaba contenta, tenía demasiadas cosas válidas para hacer.

Me había educado entre políticos (a mi casa venían Alfredo Palacios, quién, mientras torneaba sus bigotes teñidos, le hacía ojitos a mi coqueta abuela quién simulaba no verlo; Repeto, Bravo, los Dickman, los Justo, los Ghioldi, Lisandro de la Torre, (en cuyo honor, y por lograr el amor de mi padre, Lisandro se llama mi primer hijo). Sabía que había mujeres en el partido y en otros partidos, pero los que venían a mi casa eran los varones y mamá sólo se ocupaba de servir el café porque las mujeres no entendíamos.

Con Evita lo ocultado se develó; ella hizo desaparecer lo enmascarado. Las mujeres salimos a la calle a pelear por nuestros derechos y con su liderazgo lo conseguimos. Las mujeres que luchábamos con y por ella nos sentíamos totalmente representadas. Pero obviamente, eso, los factores de poder no lo podían perdonar. Le temían no sólo por lo que hacía, sino mucho más por lo que representaba de transgresión y poder para las mujeres.

Yo no podía creer lo que estaba pasando, lo que me estaba pasando. Por primera vez l@s excluid@s, entre l@s que obviamente estábamos las mujeres, éramos importantes, Había tantas mujeres juntas en la calle. Por Evita habíamos logrado el voto a pesar de todas las contras, que también incluía el rechazo gran cantidad de mujeres. En las Unidades Básicas capacitábamos a las mujeres, éramos ciudadanas plenas. Nos dimos cuenta de nuestro poderío, de nuestras potencias, tantos siglos aplastadas.


Fueron pocos años, pero de una riqueza inconmensurable, las mujeres con Evita trabajábamos en la construcción de un mundo en el que realmente los privilegiados no eran sólo los niños, fueron todas y todos l@s desposeíd@s. Esa huella fue indeleble en mi vida.


Pero Evita murió y muchas cosas murieron dentro de mí. Luego nos asaltó la revolución fusiladora, yo me retraje; me volví a casar (en realidad a juntar), tuve a mi hija Amparo e hice mi carrera universitaria en la UBA, sin abandonar la docencia y el cuidado amoroso de mi familia y de mi hogar.


El estudio, la vida universitaria tardía encubrieron el dolor de las pérdidas. Yo era la vieja (tenía 40 años) entre las pibas y los pibes estudiantes, pero era una más del grupo. Con l@s jóvenes formé parte de los grupos político-técnicos creados por Perón, con otra mirada de la militancia, con la mira puesta en el regreso del General y otra vez nos propusimos construir un mundo mejor.


Ya se habían producido muchos cambios en la sociedad: "las mujeres y los varones éramos iguales". Los años 60 marcaron la supuesta liberación de la mujer; la libertad sexual, las parejas libres, la sexualidad-placer y el sexo sin amor para las mujeres también; el diafragma, las pastillas y hasta el preservativo (que todavía no era forro), en la cartera de la dama.

En ese contexto, nuestra Rama era mal vista, no se podía mencionar al Partido Peronista Femenino, si todas y todos éramos iguales; las chicas fumaban en la calle, iban a las pintadas, hablaban de sexo públicamente sin sonrojarse y yo, la vieja, era una de ellas, su compañera y confidente. Fueron también años felices porque la Juventud Peronista (yo, asincrónicamente, formaba parte de ella) iba a transformar la sociedad que volvería a ser justa, libre y soberana.


Tantas ilusiones rotas. Perón volvió, pero volvió para morir y nuevamente hubo que esconderse. Siguieron los años más deshonrosos de nuestra historia; la dictadura militar impuso los latrocinios, los fusilamientos, las matanzas, las desapariciones. Nuestra juventud fue exterminada por sus ideales. Y yo, la joven- vieja huí con mi marido.

No sabía adonde iba, yo nunca había imaginado vivir fuera de mi patria, alejarme de mis hij@s. Por